Se encuentra Martín sentado mirando
la orilla, el pasar de cada ola, de las gaviotas, los suaves trazos de su lápiz
sobre un viejo papel en el cual escribe letra a letra sus poesías. Lo inspira
lo que pasa tanto en el mundo como en su vida, un cielo raso, una paloma, una
leve llovizna, sus amigos, su familia. Su mente concatena agilmente cada
acontecimiento dándole un sentido y un contexto, su boca murmura prácticamente
en silencio dando un sonido a cada rima, a cada verso. Por ejemplo; en un breve
momento baja su cabeza para mirar sus piernas, las cuales descienden hasta la
arena, pareciendo fundirse sus pies con ella, como si cada dedo se enraizara
como lo hacen en esos sitios generalmente aquellos los arboles altos a los que
llaman palmeras, sintiendo las fuertes mareas acariciando tibiamente sus
pantorrillas, danzando, haciéndolo sonreír con pequeñas cosquillas. El viento
sopla de frente como invocando su mente hacia el horizonte, llenando su cabeza
de la sinfonía de un cuadro que cambia a cada segundo, retrato que no sólo es
una imagen sino que posee también los sonidos del mundo y sus maravillas. Así,
en ese instante, podríamos decir que vuela, pero realmente parece que él se
expande hasta convertirse en el todo que lo rodea. Aunque a la vista de un otro, siendo nada más que él, ya que cualquier transeúnte que pasa sólo lo observa diciendo
“he ahí a ese demente sentado a la orilla durante todo un día escribiendo otra
vez”.
Ya habían sido varios los lugares
donde diferentes personas lo habían visto en la misma posición, y aunque todos
los que lo miraban pertenecían a sitios y contextos totalmente diferentes era
gracioso notar que en cada uno causaba esa misma reacción. Sin embargo, Este
personaje, al que todos observaban por cortos momentos con extrañeza había
dejado hace mucho de preocuparse por su apariencia: llevaba una camiseta blanca
que ahora era ya prácticamente negra; sus pantalones de pana raídos de las
botas a la cadera; unos zapatos que a través del tiempo se habían convertido en
sandalias; y una aureola de insectos que siempre le rondaban; su pelo enmarañado
como un extraño arbusto castaño; su cuerpo largo y flaco; ojos profundos en
cuya oscura esfera se sentía el vacío de toda certeza; pero con cierta serenidad
que parecía conservar la esperanza después de años de continuas travesías; su
sonrisa era el dorado residuo de su arduo apoyo a las grandes tabacaleras y el
susurro de su aliento el sabor ahumado de la antigüedad de su vida.
Gustavo despierta en su oficina
recordando su sueño, -¿Qué habrá sido de ese hombre?- Se pregunta mientras toma
un sorbo de café y observa sin poner atención en realidad al informe escrito en
su computador. El abrumador aburrimiento estalla en él un giro en su
perspectiva. Los gritos de su jefe se diluyen en el ruido del entorno de su
oficina y como en sus primeros años de vida, las letras de nuevo se deslizan,
figuras extrañas sin significación es todo lo que aparece en su pantalla, unas simples
y extrañas líneas, algunas curvas otras rectas y entrecruzadas.
En un instante su brazo vuela
libre por unos segundos, impulsando a la pila de hojas en su escritorio a
mecerse en el aire con la ligereza de una pluma en el viento. Aunque las
manecillas del reloj continúan su inevitable curso, se encuentran ahora
desprovistas de sus incisivas coristas, esos molestos y punzantes golpeteos que
denotan el vacío absurdo en la banalidad del proceso maquinal que llevan a cabo
las manos en el tecleo y la transcripción.
-¡¡¡Silencio!!!- grita la palabra, profetizando el acto inmediato de aquella exigencia que se refleja en gestos de
estupefacción. El único sonido es producido por unos pasos y una puerta que se
cierra tras la sombra que sigue a un nuevo caminante hacia su salida.
-¡Roberto, estoy segura de que va
a ser una gran escritora!- Dijo María mirando a la pequeña Mariana -¡mira como
intenta expresarse en trazos ya, que gran facilidad tiene para decir las cosas en papel!-
-¡Es cierto!- Decía asintiendo con gran ánimo
el padre, mientras la niña les miraba sin entender siquiera el significado todo
lo que se estaba expresando.
Ésta tan sólo podía observar una gran diversidad
de colores, algunos objetos en movimiento, ruidos por todas partes, hasta que
de pronto, su cobija cayó al suelo. Sólo hasta ese segundo en el que no alcanzó
su manto, en el que no satisfizo su deseo, el frío le recordó el dolor causado
por la salida del útero materno que dio paso a su entrada en el mundo social, y
ante el auxilio de sus padres empezó a vislumbrar la existencia de otros que
podían entenderla.
En ese punto dejó de asir para
comenzar a señalar, de sólo llorar y sonreír intentando ahora comunicar y el
mundo cobró un sentido y un significado. La danza de las palabras empezó a
corretear desde ese instante por su lengua y por sus labios. La
estupefacción de la feliz
afirmación – ¡Hay cosas en el mundo!- se
mostraba implícita en sus actos; el correteo por los campos; y el mostrar con
entusiasmo y preguntar cada objeto encontrado. ¡Oh! ¡¿Que ha pasado con el viento y el correr los juegos?! dulce tiempo en el que la sociedad es otro entretenimiento entre los demás que
inventamos.
-Señor y señora Barrero, es hora
de tomar las pastillas he irse a acostar…- dijo la enfermera que se encargaba
del cuidado del dúo de hermanos ancianos que se acompañaban mutuamente, para los que
(desde hace casi ya un más de un cuarto de siglo) consideraban estaban llegando a sus últimos años.
Sus risas pausadas ante los
programas de humor que la nana les sintonizaba en la televisión únicamente se
interrumpían por el agudo y ensordecedor sonido de sus audífonos al ser ajustados para escuchar mejor. Esto, irónicamente, siempre terminaba apagar cualquier otro sonido al no poder escucharse más que ese odioso contra-alto. A continuación se daba, por lo general, una leve disputa en la
cual intentaban callarse el uno al otro, lo cual tenía como desenlace un guiño de ojo o una mueca que de nuevo los hacía romper en carcajadas hasta
finalmente ser acompañados a descansar en sus respectivas camas.
En las mañanas, sus lentas muelas
postizas mascan el pan recién horneado, sus miradas en un nostálgico silencio
hacia un punto vacío muestran al observador el largo y hermoso, pero pesado
trayecto del tiempo y la presencia inexorable de una espera para la partida. El
cansancio característico de un viajero que espera el último tren a media noche
con un tiquete que sólo es de ida.
-¿Qué habrá pasado con Helena?-
pregunta la hermana menor al viejo que se queda pensando.
-es probable que siga
viviendo con sus hijos por chapinero… que buen humor tiene esa mujer,
deberíamos llamarla para reunirnos a rezar el rosario y tomar unos tragos-
responde éste después de un rato.
Un par de sonrisas se esbozan en los rostros
de los ancianos dejando caer unas cuantas migas de su comida en el mantel de paño. Dos suspiros unidos por el
pensamiento, y silencio... a seguir esperando.
Un joven escribe un breve texto,
y al concatenar cada frase, vuelve a revisarlo, se detiene piensa, camina en
círculos, suspira –es hora de fumar un cigarro- dice poniéndolo en su boca con
la mano izquierda mientras lo prende con la otra que sostiene un artefacto. Su
mente divaga a cada pitazo, recuerdos de amigos, mujeres, trabajos:
–
¡demonios!, no he leído ni pintado, debo apresurarme o no terminaré a tiempo lo
estipulado-
apaga el tabaco mientras escucha unas voces en la calle, son dos
extraños hablando, y en su mundo no saben ellos que están siendo escuchados.
Recuerda entonces que todos somos
seres inacabados, finitos, limitados. Que cada una de nuestras decisiones es
nuestro todo en un mar de nadas que pudieron haber sido pero nunca fueron. Que nuestra existencia particular implica una totalidad sesgada por
cada una de esas otras totalidades. Inclusive algunas veces pudiendo ser detenidos
en nuestra existencia y desvanecernos del mundo por un sutil y simple acto de
otro que se presenta como acontecimiento inesperado, por ejemplo; con el fin de las palabras en un escrito bajo el
cual no sabíamos que estábamos siendo inventados.
Agosto 20 de 2012